Aunque me veas dudar

el-ensueno1931-alvarezbravoÁlvarez Bravo

Escucho tu llamado,

sin saber a dónde me llevará,

mi corazón sigue la voz

que me orienta a tu manantial,

aguas dulces de compasión,

de misericordia y de bondad.

No dejes de hablarme, Señor mío,

aunque me veas dudar;

aunque mi voz se quiebre

y mis labios se llenen de miedo,

no dejes de hablarme, jamás.

Que a pesar de la angustia

que tengo al seguirte,

me llena de paz y de anhelo

la imagen eterna al decirte que Sí.

No titubees al decir mi nombre, Señor,

que yo el Tuyo lo escribiré

entre montañas y rocas,

entre nubes y escombros.

No te vayas nunca Señor,

aunque me veas dudar,

aunque me veas dudar.

 

 

Complicidad

Imagen

En el momento en que me ves,

En el momento en que me dejas verte;

Ese aire de suspenso que tienen tus ojos

Ante mis palabras desnudas.

Suspiros, caricias de agua, manos de tinta…

Sabes cada paso de mi mente,

Conozco cada letra de tu hastío.

Privilegiados los vínculos que nos unen;

Ésos, de olor a secreto y caricias húmedas

Que van pregonando por la madrugada

Una canción no admitida, no recordada.

Momentos nuestros, tan nuestros,

Que la tierra mojada se encela

De nuestra propia lluvia, de nuestro propio encuentro.

Y si en algún momento, en tus sueños de caracolas,

Se embarcara la pregunta de qué soy para vos,

Deja la angustia, querida niña, sólo soy una cómplice

De tus sueños, de tu voz de sirena, de tus manos de arena…

Y si acaso quisieras saber más,

Embarca tu caballo de mar

Y navega con mi presencia sobre las olas de sal;

Mezcla tu aroma y mi silencio,

Tu paz y mi andar, tus pies y mi hoguera.

Cuela mi complicidad con la tuya,

Entrégate a mi verbo, sé parte de mi aliento.

Madrugadas de ti

 

Robert Mapplethorpe; Holly Solomon

 

En ese momento de la madrugada cuando despierto con tus letras;

cuando tu aliento traspasa las hojas virtuales de cualquier correo,

de cualquier mensaje… de cualquier pensamiento.

Ahí te encuentro, entre sábanas de madrugada y restos de incienso;

así saben mis mañanas, al recuerdo del aroma

que desprenden tus ojos cada vez que traspasan los míos.

Humedecer el corazón

Rubén Martín

Llueve de nuevo… y de nuevo vienes con la lluvia.

En cada gota resuena tu nombre, en cada chasquido aparece tu rostro;

¡es delicioso sentirte  en la humedad de la noche!

El agua canta dulcemente un vals para nosotros…

– ¿Bailamos?

Un susurro, una caricia, un te quiero…

La noche entera suspira y yo me quedo mojada de ti.

Hasta cuándo, muerte dulce, hasta cuándo…

Hasta cuándo, amor mío,

Hasta cuándo podré verte

Sin temerle al regreso de la muerte,

La muerte dulce, lenta y justa,

Que duerme entre sábanas de abatidos

Y subyace entre las huellas de los vencidos…

Hasta cuándo,

Hasta cuándo borraré los recuerdos

Suicidas que me provocan tu ausencia…

Y junto con ellos, la muerte dulce

los convierte en un mar de deseos

y refugios olvidados y esparcidos…

Si soy culpable, es por ti…

Si desnudo mis venas, es debido a ti…

Y si cuelgo mi sangre, amor mío,

será sólo para ti…

Hasta cuándo, hasta cuándo

podré dormir sin anhelar tu presencia

y sin hacer el amor cada noche

al pie de la sombra junto a ella…

Yo podría ser…

Yo podría ser la fe para los olvidados,

La alegría para los ojos tristes,

Las manos para los indefensos,

La risa para los sordos y la palabra para los mudos.

Yo podría ser la luz para la noche,

El fuego para el corazón congelado,

Los gritos para un muro quebrado.

Si la noche me pidiera un deseo

Y el sol al día siguiente me lo concediera,

Pediría todo esto, pediría ser la flor blanca

Para las aguas desahuciadas,

Los peces sanos, los árboles completos,

La tierra sonriente.

Los pies libres del campesino,

Los cuerpos sin huellas, los pechos sin sangre,

Los brazos sin garras, los ojos sin miedo.

Podría ser el diamante que aguarda ser descubierto

Para dormir en los pies del mártir, en las manos del anciano,

En los cabellos de la niña abandonada;

Podría ser aquel diamante que  abra la puerta

A los oídos sordos, a los labios cerrados, a los espíritus olvidados.

 Yo podría ser guarida, templo, hogar, guardia.

Podría ser un millar de colores alegres

Y dibujar entre caras grises una paleta de arcoíris.

Para todos los seres, yo podría ser… 

Viaje de encuentro

Empieza a construir flores en el camino,

A crear espacios no conocidos

Y manantiales no descubiertos.

Colorea de arcoíris tu perfume,

Planta rosas en el desierto

Y pétalos dulces en el invierno.

Aprende del viento sus desmanes

Y acaricia la vida en cada paso

De acuerdo a la fragancia de los mares.

Así, ve descubriendo el mundo de los bárbaros,

Los soles inauditos y los nudillos encontrados.

Comprueba todo lo no creíble

Y duda de todo lo comprobable.

Nunca te canses de buscar

Estrellas de mar o arbustos para rezar,

Que a pesar de que banderas tintinen su tonada,

Siempre descansarán al son de tu alborada.

Y si llegase a pasar, por alguna razón,

Que la luna roja y amarilla os cansen,

Siempre tendrás, mi niña linda,

Una guarida en esta tierra tricolor

Y en estos brazos llenos de tu corazón.

Frontera encadenada

 

Tierra de nadie,

Temblores ignorados,

Cortadas ausentes,

Misterio enterrado.

¿Cuántas muertes más necesitan?

¿Cuántos cuerpos, brazos y piernas

Faltan para acabar esta guerra?

La voz del desierto se calla,

El aire circula con miedo,

Y mientras Juárez es vigilado,

El mundo entero enmudece.

Enmudece cobarde,

Austero, cómplice…

Secuestro de fe y esperanza,

Frontera mutilada,

Justicia fosilizada.

Entre amores y recuerdos

Entre caras vacías y manos ausentes, entre aire sin rumbo,

apareces con miedo…

miedo de tocar, de hablar, de sentir. Nuestras palabras son fantasmas a la espera de ser rescatadas.

Nuestra luna yace fríamente en su tumba, y nuestros cantares agonizan una melodía no recordada…

Y mientras nuestras gotas de ámbar se desnudan ante la indiferencia,

el miedo de tus ojos se cuela entre mis pestañas , y el amor cansado, decide

convertirse en pólvora de cáscaras.



Muerte inesperada



Muero entre pétalos de fuego,

Entre escombros vacíos,

Lunares perdidos, cielo sin brío.

Muero al amanecer,

Muero en la tarde, en la noche,

En el día que no ha existido.

Decaigo en el frío piso

Que atormenta mis piernas,

Que hace entumecer mi saliva

Y congelar mi tristeza.

La daga de la noche toca a mi puerta,

Me ata, me calla, me lastima,

Me muerde cada poro de mi espacio

Y me viola con la espina de su olvido.

Desnuda entre las piedras camino,

Pisando a cada paso tu fragancia

Y colando entre mis piernas tu respiro.

La vieja noche regresa a matarme,

Se instala entre las cadenas de mis dedos,

Destroza el umbral de mi equilibrio

Y pide a gritos la renovación de tu recuerdo.